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Regreso a la escuela: ¿sinónimo de lágrimas?

23 Sep · Malanie Fajre · No hay comentarios

Durante años, primero como maestra y luego como madre, he visto en el inicio del año escolar (a veces durante todo período) como los niños lloran a las puertas del cole cuando sus padres los dejan allí, este fenómeno universal (digo universal porque se repite constantemente en todas las localidades) ha sido psicológica, sociológica y pedagógicamente explicado bajo el argumento de la adaptación, ha sido justificado de manera tan blindada que asumimos como normal el hecho de que los niños lloren y como una gran fortuna, privilegio y casi un regalo divino que no lo hagan.

 

Este argumento ha sido históricamente aceptado (y defendido) como consecuencia de la cultura homogeneizante y patriarcal que lamentablemente impera en nuestra sociedad y que tantos estragos y violencias visibles e invisibles ha promovido alrededor de las conformaciones familiares y escolares. Ahora bien, para el caso de este pequeño escrito reflexivo que comparto, solo intentaré aproximarme al minúsculo, pero complejo suceso del llanto en la puerta de la escuela  e intentar poner en tela de juicio el argumento de la adaptación y las técnicas  implementadas para abordar pedagógicamente este proceso.

 

Los cambios que se producen en el regreso a la escuela

Ciertamente el inicio del período escolar implica una serie de cambios tanto para el niño, como para los padres, la familia y en fin la sociedad completa, es por ello que desde el punto de vista psicológico se explica que el proceso de la adaptación es aquel que permite reacomodar nuestras estructuras cognitivas, físicas, emocionales (y para mi) espirituales, con el propósito de (re)insertarnos en un nuevo funcionamiento organizativo de la rutina diaria; hasta allí todo pareciera estar muy bien, sin embargo cuando las interpretaciones de las conductas manifiestas en este período comienzan a tergiversar la realidad con alusión a que los niños lloran o hacen pataletas para manipular, desafiar o sencillamente hacerle la vida cuadritos a sus padres, es cuando se inicia el desconocimiento de las necesidades legítimas del infante.

 

A propósito de creer que los niños no quieren volver a la escuela solo por malcriadez, dejo la siguiente pregunta al aire: Y a quién le gusta que se acaben las vacaciones? Hmmm, creo que veo pocas manos, por no decir ninguna, arriba… Ok, sigamos.

 

A mi parecer, el problema no solo radica en esa penalizadora y culpabilizante interpretación de las causas del llanto en las puertas del cole, este conflicto pica y se extiende cuando vemos el uso de técnicas para extinguir esta supuesta inadecuada conducta infantil, avaladas por padres y docentes quienes obedientemente se insertan en un circuito de Biopoder, donde pesa más la voz del “Especialista” que el sentimiento humano, compresivo y amoroso hacia el niño.

 

De esta manera, vemos como normal que el niño llore porque es dejado en la escuela, aceptamos la entrega de nuestro hijo reprimiendo nuestros deseos de abrazarlos y consolarlos atendiendo a las recomendaciones del docente para acabar con esa actitud desafiante.

 

Algunos colegios son un poco flexibles y permiten que el padre baje a su hijo del carro y lo acerquen a las puertas del mismo, otros ni siquiera permiten esto y el docente se convierte en una gran estrella de la llave maestra para agarrar al niño en plena pataleta desde el carro hasta el salón. Estas cosas mayormente suceden en los maternales y preescolares, es decir, en donde el ser humano es más vulnerable e indefenso. Debo ser justa en mencionar que hoy en día hay instituciones que hacen de este proceso de adaptación una experiencia más armónica, donde permiten en acompañamiento presencial de los padres al aula, intentando reconocer y satisfacer las necesidades del infante, pero siguen siendo pocos.

 

Y entonces, qué hacemos al respecto?

Realmente la respuesta más oportuna, efectiva y trascendente pasa por conmover y renovar las concepciones y procedimientos escolares, construir escuelas más humanas, formar docentes más sensibles y creer en la pertinencia de una pedagogía más respetuosa, comprensiva y amorosa, empezar a dejar un poco de lado la contracción en el bien futuro y preocuparnos más en la felicidad del presente (que al fin y al cabo redunda positivamente en el bien futuro). Sin embargo esta es una respuesta que no podemos resolver ahorita mismo y ya las clases van a comenzar… entonces cómo procedemos?

 

Nosotros los padres debemos pensar, repensar y buscar comprender por qué nuestro hijo manifiesta esas conductas, qué emociones están detrás de ellas y las mueven; hablarle, consolarle y acompañarlo con paciencia y amor expreso en estos períodos de distanciamiento.

Invito a los padres a negocia ciar en las medidas de sus posibilidades y de las políticas de la escuela, que la incorporación sea paulatina y procesual, por ejemplo: ir aumentando el tiempo de permanencia en función de la disposición del peque, dejarlo llevar algún objeto de apoyo emocional, pedirle a los docentes que coloquen por ejemplo música que es conocida a los niños (yo siempre les regalo un cd a los maestros, ellos lo aprecian enormemente), en fin lo importante es que los niños se sientan atendidos, comprendidos y amados.

También hay que indagar si la estructura escolar del cole que hemos escogido o las técnicas pedagógicas de la maestra no es la más apta para nuestro peque, a veces la reflexión nos lleva a un cambio de escuela, esta es una posibilidad que no debemos descartar y debemos aceptar con sinceridad.

 

Conectar con el alumno

Para los maestros, es de gran importancia conectarnos con el alumno como el niño que es, desde su infancia y no desde la mirada jerárquica del adulto, aproximarnos a sus sentimientos e intereses, satisfacer sus genuinas necesidades, no solo escolares o de aprendizaje sino también emocionales y de cariño; soy de las que cree que más vale un abrazo sincero que una toma de dictado, lo he comprobado como docente de escuela y universitaria.

 

Para finalizar, invito a todos, padres, maestros y cualquiera que se encuentre involucrado con un niño a repensar nuestras creencias sobre sus conductas y a reposicionarlas desde la mirada infantil, aquella que por más adultos, maduros y serios que pensemos ser, siempre nos acompaña en el fondo de nuestro corazón, de esta manera aportaremos nuestro granito de arena para cambiar las lágrimas del inicio a clases por hermosas sonrisas.

 

Lidmi Fuguet

Mamá de Sabrina
Profesora en Educación Especial – Dificultades de Aprendizaje
Magister en Lectura y Escritura
Doctora en Educación
Creadora de Pequeñas EstrellitasPequenÞas Estrellitas-01

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Malanie Fajre

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